18/01/2016

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Era de la Red, hombre virtual y cibergeopolítica

Huffington Post | J. Álvarez

Hacker in the darkness

La llegada de la «Red global» dio comienzo a una época sin precedentes. El siglo XXI se inició extraoficialmente en 1993, con la entrada en dominio público de la Web, o lo que es lo mismo, la difusión a gran escala de Internet. Comenzaba entonces una nueva etapa en la historia de la humanidad: la Era de la Red.

Un mundo nuevo se ha levantado, un mundo cibernético poblado por ciberciudadanos. «Ni los gobiernos ni los políticos -recalca el pensador francés Alain de Benoist-han entendido la medida exacta y las consecuencias de este fenómeno». La Revolución digital ha ido gestando un cambio social que se evidencia en nuestros días. Las relaciones humanas han abandonado en gran medida sus esencias de interacción física y directa para sustituirlas por las relaciones virtuales. No se trata tanto de las redes de información computerizada como de procesos sociales más amplios: la comunicación telemática entre usuarios se convierte en el motor de las relaciones sociales. «Mañana, calles y plazas -profetiza Finkielkraut- serán invadidos por mutantes ocupados hablando con ellos mismos».

La globalización alcanza los lugares más recónditos del planeta. Es un cambio de paradigma en toda regla; un cambio en la forma de entender y vivir la realidad que nos rodea. «No hay más pertenencias, no más adhesiones: estar en línea es el imperativo categórico».

Los partidos políticos y los sindicatos deben explotar las redes sociales de masas para llenar sus convocatorias y hacerse oír. En la Era de la Red ya no son necesarias las naciones ni las poblaciones, sino múltiples, prolijos y artificiales grupos de pertenencia: tribus, clanes, foros y portales. La Red crea lazos artificiales de características hasta ahora desconocidas; crea nuevas formas virtuales de reafirmar un sentimiento, una creencia o un pensamiento. El hombre posmoderno necesita de la tecnología para realizarse. La fuerza deshumanizante de la tecnología es tal que ya existen nuevas identidades digitales en el ciberespacio.

Pero nosotros tan sólo asistimos a la primera etapa de esta Nueva Era, tan sólo presenciamos la fase inicial de este penoso cambio que la sociología se encargará de estudiar en profundidad dentro de unos lustros. Somos espectadores y, a su vez, actores de este cambio.

Pocos han advertido correctamente las futuras implicaciones del desarrollo tecnológico. «Los gobiernos van a echar de menos las épocas en las que sólo debían preocuparse por el mundo físico», dice un libro escrito por dos empleados de Google. «En el futuro deberán hacer evaluaciones separadas para el mundo real y para el virtual».

La disociación entre el mundo físico y el mundo virtual y su coexistencia bélica es precisamente la introducción adecuada a la novedad que queremos presentar. El mundo virtual existe pese a no ser tangible, y rodea y envuelve completamente al primero. Es una realidad paralela y abstracta en otro nivel donde operan nuevas reglas, zonas, límites y posibilidades. Es un reflejo distorsionado de la realidad que solamente se comprende a través de la tecnología que el propio hombre ha creado y que cada vez influye más en la gente. Internet es una herramienta de comunicación, pero su forma de comunicación suprime también las dimensiones de espacio y tiempo, que son (eran) el contexto en el que, hasta ayer mismo, se expresaba la libertad humana.

"El advenimiento de Internet originó un nuevo ámbito de combate. El mundo virtual es otro espacio más para la disputa de intereses. Y para la posesión de este espacio, se ha desplegado una lucha muy activa."

El gigantesco desarrollo tecnológico de las últimas tres décadas y los últimos avances hechos en el mundo virtual han dado lugar a una nueva forma de hacer política: la cibergeopolítica. Esta nueva disciplina, terminológicamente acuñada y predefinida por el prestigioso intelectual cuartoposicionista ruso Leonid Savin es terra ignota. Poco hay escrito sobre ella, y está aún por explorar. La casa editorial Hipérbola Janus la introduce en el mundo hispanohablante con Cibergeopolítica, organizaciones y alma rusa, la primera obra de Savin traducida al castellano.

El advenimiento de Internet originó un nuevo ámbito de combate. El mundo virtual es otro espacio más para la disputa de intereses. Y para la posesión de este espacio, se ha desplegado una lucha muy activa. Este año es un punto de inflexión «[...] para el surgimiento de una nueva tendencia que yo llamo cibergeopolítica. El impacto de las redes sociales -escribe Savin- es cada vez más palpable. La divulgación de Edward Snowden destacó la importancia y la instrumentalidad del ciberespacio para la seguridad nacional y los procesos de la política internacional».

El ciberespacio es una construcción artificial, y por ello sus componentes están sujetos a toda clase de cambios. La geopolítica, que ha cobrado ahora también el área de la cibernética, tiene una serie de «[...] definiciones y aparatos científicos muy desarrollados»; y en ella se distinguen cuatro dominios, que serían los radios de acción de cada estado en donde se producen interacciones de conflictos, comercio, trueque, etc. entre países: tierra, mar, aire y cosmos. Estos existían independientemente del grupo de personas que los usaran -el aire, por ejemplo, ya existía antes de que el hombre hubiera inventado el aeroplano-. En el mundo físico, los dominios preexisten; en el ciberespacio, no. Nunca han existido, ni existirán.

El mundo virtual elimina el concepto de distancia: ya no existe porque no hace falta. Gracias a las comunicaciones en tiempo real, un hombre puede establecer un diálogo desde Santander con otro hombre en Atenas, haciendo preguntas y recibiendo respuestas en el acto. Las distancias no existen. Todo se conoce de inmediato. No hay barreras, no hay distancias. Esto significa que la geopolítica no necesita de geografía física alguna, ni tampoco entiende ya de ella. Un geógrafo puede determinar dónde acaba el mar, dónde empieza la tierra, dónde está el aire y a partir de qué altitud comienza el espacio; pero nadie puede determinar dónde empieza el ciberespacio, pues es una construcción intangible. Podemos, entonces, superponer la geopolítica a la realidad inmediata y elevarla artificialmente a unas instancias supraterrenales indefinidas. Internet es una forma de desterritorialización: de ahí su importancia en el proceso de globalización.

La «tecnologización» de las sociedades y la popularización de los sistemas de comunicación telemáticos provoca que uno lleve en el bolsillo o en la mano un teléfono móvil; esto es, que todos nuestros contactos, perfiles, correos electrónicos, aplicaciones, etc. estén comprimidos en un único dispositivo portable. Entonces los modos de vida cambian. Ya no estamos ante la vida dinámica y de interacción directa «cara a cara» del mundo real, sino ante la vida de la comunicación a través de un interfaz; la comunicación entre dos o incluso más personas simultáneamente con una máquina entre medias.

"La regulación del ciberespacio y el marco jurídico-legislativo bajo el cual se debe encuadrar esta nueva área están siendo motivo de conflicto entre los grandes bloques geopolíticos."

Esto puede reportar ventajas en el plano social, ya que uno puede hablar a un total de cincuenta personas en un mismo día en vez de a diez. Y aun mejorará la vida laboral y ociosa de las personas. Pero también se producen ciberenfermedades y ciberenfermos. Las personas ya no tienen el mundo real y tangible que las rodea, en donde llevan a cabo todas sus tareas, siendo el mundo virtual un simple apoyo para el mejor desarrollo de dichas actividades cotidianas, sino que separan ambos mundos por completo, confiriéndole progresivamente más importancia y dedicándole más tiempo. Así se produce el fenómeno de «doble identidad, doble personalidad», por el cual el mundo virtual se transforma en el pivote central de la existencia y el mundo real queda relegado a un segundo plano como «algo accesorio». Muy llamativo es el caso del horripilante metauniverso de Second Life -«segunda vida»-, una especie de juego de los Sims en el que el usuario lleva una vida completamente virtual -se ha llegado a tal extremo que uno puede hacer incluso la compra dentro del metauniverso de Second Life-. Los usuarios creamos de alguna forma «dobles identidades» cuando registramos un perfil cualquiera en el mundo virtual.

Los nuevos enfoques que dichos cambios suscitan en el campo de estudio de la geopolítica adquieren un papel ascendente. La cibergeopolítica modifica también el paradigma de la geopolítica. Desde la perspectiva de las relaciones internacionales, aparecen nuevos fenómenos como los ciberconflictos -sí, aquí todo es «ciber-»-. Las ciberguerras son ya una constante. Hoy en día no se necesitan espías como en la Guerra Fría: basta con interceptar y sabotear las comunicaciones del estado enemigo e infiltrarse en sus sistemas. «No es casualidad que casos como el de Edward Snowden o Julian Assange hayan sido considerados tan relevantes para la geoestrategia norteamericana, sus aliados europeos occidentales y el resto de fuerzas que integran la órbita atlantista».

Y aquí surge otra disyuntiva: Internet «libre» o Internet soberano. La regulación del ciberespacio y el marco jurídico-legislativo bajo el cual se debe encuadrar esta nueva área están siendo motivo de conflicto entre los grandes bloques geopolíticos. Querer controlar Internet es querer ponerle puertas al campo: ¿dónde empieza y dónde acaba? Recordemos, en el mundo virtual no existe la distancia y con ello, tampoco la geografía. Un ejemplo esclarecedor: cinco días antes de las elecciones se prohibió publicar sondeos electorales en España. Pues bien, se publican en Andorra y se pueden ver desde cualquier punto del país. Problema resuelto.

La dicotomía es mantener Internet soberano o «liberalizarlo». Potencias como Rusia, Irán, China, Turquía y Brasil poseen sistemas de control de navegación, mientras que los E.E.U.U. y la U.E. permiten la libre navegación. En principio el lector se decantaría por la segunda opción, pero párese a pensarlo: Occidente vela y promueve el «Internet libre», lo que además de una falacia, es una hipocresía descarada, para tener acceso a las redes de sus rivales geopolíticos -con todos los movimientos de espionaje, boicot y propaganda que esto conlleva-. Si Internet es libre, se puede penetrar mejor en su Red y con ello, en sus sociedades. Si, por ejemplo, Facebook estuviera presente en China, se podrían utilizar todos los datos que se generan en el país para saber cuáles son las preferencias, los gustos, la opinión de sus habitantes, etc.; y a partir de ahí, jugar en cibergeopolítica. Y es que «[...] las redes sociales -englobadas en lo que se conoce como Web 2.0- [son un] medio desde el cual es posible llevar a cabo actividades muy efectivas tanto para dañar al enemigo como para controlar a la población». Sistemas de Internet cerrados o abiertos: encaja perfectamente con la teoría amigo-enemigo de Carl Schmitt.

Otro factor importante antes mencionado es la fuerza de movilización que han cobrado ciertos movimientos políticos en la última década gracias a Internet. Las llamadas «revoluciones de colores» -el Maidán en Ucrania o las «Primaveras árabes», que ciertamente han devenido en otoños negros- se fraguaron en el mundo virtual y se consolidaron en la calle, lo que implica que el mundo virtual estuvo estrechamente relacionado con la materialización de cambios en el mundo físico. De hecho, es necesario que tomemos consciencia de que todo lo que hagamos en el mundo virtual queda registrado en el mundo real, y que puede verse reforzado o bloqueado desde el mundo real; y viceversa. En resumen, todo conflicto real tiene su repercusión y su reflejo en el mundo virtual.

Esto nos lleva a hacernos una pregunta: ¿son realmente estas revoluciones una acción espontánea de personas descontentas con los políticos de su país o más bien hay alguien detrás fomentándolas? «Los sociólogos se refieren a los "movimientos populares no identificados". Estos enormes montajes, más o menos espontáneos, representan realmente el tipo de manifestación que se corresponde con el mundo de la Red». No es ya que uno quiera planificar como individuo, grupo, organización o estado algún tipo de acción y ejecutarla en la vida real, sino que la cuestión reposa en que puedes ser saboteado, atacado y espiado desde el mundo virtual, desde una pantalla. Ninguna novedad suponen los problemas de Sony a la hora de salvaguardar los datos bancarios de sus clientes. Y de nuevo la dicotomía de la Red: exponerte inerme a tus enemigos geopolíticos o protegerte de ellos.

Reparamos por inercia en otra cuestión: el marco jurídico-legal bajo el cual sujetar los ciberdelitos y al ciberdelincuente. Supongamos que un serbio sabotea las bases de datos de la C.I.A. y que en Serbia aquello no es delito. ¿Cómo haría la Justicia estadounidense para traer de Serbia a un tipo que no ha cometido delito alguno en su país de origen pero que, sin embargo, se enfrenta a durísimas penas en Norteamérica? He aquí otro punto clave: el ciberchoque entre el poder tradicional y el poder virtual.

La nueva disciplina de la cibergeopolítica ya no es vista como algo futurista, sino como algo principal, como una herramienta eficaz y resolutiva. Los drones son cibergeopolítica. La ciberdefensa en la protección de los sistemas tecnológicos es una realidad existente desde hace al menos dos décadas de la que poco se ha hablado. No sólo los estados: las empresas también guardan sus datos en la nube, en el mundo virtual. Ya no son necesarios archivos secretos guardados a cien metros de profundidad en un desierto recóndito; ahora es un servidor accesible desde el exterior -los estados también se han dado cuenta de que algo es más seguro cuando no está conectado a la Red-. «[...] se puede encontrar -señala Leonid Savin- mucho en común con la geopolítica: la forma de vida, el proceso de control, la propagación del poder, la dinámica del cambio político, el diseño de los objetivos y de su posterior aplicación, e incluso las circunstancias de fuerza mayor». Pero muchas hay novedades. La disciplina es una novedad en sí.

Habrá también cambios en lo económico, pues a medida que el consumidor compre por Internet, el papel socioeconómico de la tienda de barrio irá quedando relegada a un segundo plano. Entonces se demandarán informáticos y diseñadores web, no tenderos y dependientes.

Los grandes estadistas y geoestrategas de nuestro tiempo conocían todos estos fenómenos recientes sobre los que hemos escrito, pero hasta ahora nadie se había parado a estudiarlos. Palabras como cibergeopolítica y cibergeoestrategia resonarán cada vez con mayor frecuencia en las tertulias políticas.


Texto: J. Álvarez Fotografia: Powtac

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